El Desesperado. Gustave Courbet. Colección particular
El doctor Franz Van der Vien había encargado este cuadro al pintor Courbet en el año 1878. Courbet, silencioso y callado asintió ante la propuesta sin delatarse, pues el cuadro en cuestión lo tenía oculto en un rincón de su taller, tras pintarlo 35 años atrás, en aquella época en la que pensó en que esa sería su última creación.
¿Acaso el doctor Van der Vien era conocedor de su pasado y de ahí el exclusivo encargo, o era fruto de la casualidad?
El Courbet joven en nada se parecía a este Courbet actual, maduro y cuidadoso de sí mismo, de su realidad y de su entorno, protector de su vida. Sin embargo el joven, en plena época de expansión de la Revolución Industrial y a punto de instaurarse la Segunda República, sufría lo insufrible por salir adelante viviendo de su arte. Muchas fueron las veces en que recurrió a lo indebido y peligroso buscando cobijo a su inmenso dolor interior. Su familia lo había sacrificado todo para que él pudiera desarrollar su don en el taller del maestro y prestigioso Eugène Delacroix. Comió de migajas y durmió al frío de aquel taller de lujo como una rata en un cajón, con una tabla por cama y una manta raída como único abrigo. De aquella época conserva un recuerdo. En una noche de borrachera, se retó a un duelo con botellas rotas para que el perdedor pagase la cuenta. Casi pierde la mano izquierda. Aprendió a valerse con el vendaje y el costurón para no ser echado a patadas del taller maestro, y no fueron pocas las veces que se tragó el dolor que aquello le causaba.
Cuando recuperó totalmente la movilidad, se había superado a sí mismo en destreza y creatividad. Sin duda era el favorito del maestro, su mano con el preparativo del lienzo no tenía igual. Un día el maestro retó a Courbet, pero esta vez era un duelo artístico. Cada uno se haría un autorretrato que el otro no podría ver hasta terminar. Límite una semana. Siete días después, Gustave Courbet fue expulsado del taller con una bolsa de monedas en la mano, perseguido por la ira y la envidia de su maestro, por pintar una de sus mejores y más inquietantes obras; aquel pequeño óleo de apenas cincuenta centímetros por cada lado había cambiado para siempre el rumbo de su vida.
Treinta y cinco años después, volviendo a verse joven en el cuadro, inmerso en la desesperación del momento, sonríe. El precio del encargo costeará el resto de su vida. Se frota la muñeca izquierda acariciando suavemente la tremenda cicatriz, y se sonríe ante el espejo ahora con esperanza.
Se acababa el sufrimiento. No volvería a pintar basura para sus ojos. Y con rúbrica de sangre firmó por última vez.
precioso inma
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