EL ARBOL Y EL COFRE
EL ARBOL Y EL COFRE
Manu a menudo se levantaba con un pensamiento: hacer una colección de objetos y preparar, formar, un cofre de la vida como había visto en algunas películas.
Tenía una caja de cartón forrada con motivos deportivos que metía en el fondo del armario de su cuarto pero, ¿qué podía meter en ella y dónde guardar bien sus secretos y tesoros? Cada día ponía en ella algún objeto; ora un botón de su cazadora favorita, ora una canica y algún palito de un chupa chups de su sabor favorito que le hubiera gustado especialmente; pero no le bastaba. Todo eso le parecía muy simple.
Cierto día, ya un poco más crecido, cogió la caja y se dispuso a examinarla. No estaba satisfecho, casi todo le parecía poco significativo, de modo que fue quitando y poniendo objetos… quita el palo del chupa y pone una foto suya en pantalón corto, incluye unas gafas viejas que había usado hasta hacía poco tiempo, un cuaderno de caligrafía… Ya le va pareciendo mejor.
Y así fue creciendo y madurando; los objetos, manteniendo unos, cambiando otros y añadiendo algunos más: un llavero que había sido de su padre ya desaparecido y al que recordaba siempre, un mechón de pelo de su primer amor, conservando la canica y el cuaderno, ambos objetos de su infancia. Todos son recuerdos, son cosas, cosas suyas. ¿Qué podría meter y cómo hacer para que cuando, abriesen su paquete encontraran en él su esencia? Eso ocupaba su pensamiento. Abandonó la caja infantil de cartón, ya no le servía. Se hizo con un bonito estuche de madera, decorado con ribetes de latón y arabescos oscuros. Tenía, además, una pequeña cerradura.
Comenzó el traslado de las pertenencias acumuladas en la caja, la suyas, las que, en algún momento formaron parte de su vida y caminar y que lo acompañaron en sus relaciones familiares, de amistad y de sí mismo. Finalmente decidió escribir una nota: “Es mi deseo que quien quiera que sea que abra este cofre encuentre mi esencia; lo que fui o lo que traté de ser, que me conozca por mis obras, por lo que dí y por lo que recibí. Por lo tanto no incluiré más objetos que los que ya hay y acompañan estas letras. Cerraré este cofre y dejaré que me conozcáis por mis hechos, no por mis cosas; éstas son sólo recuerdos de momentos concretos. Pobre sería mi existencia si sólo se me recordara por mis pequeñas pertenencias”.
Así, despacio, como con ceremonia, Manuel, ya no Manu, cerró el cofre, metió la llave en un sobre con unas breves indicaciones y lo metió en el fondo del cajón de su escritorio.
A continuación bajó despacio al jardín, cavó un hoyo algo profundo y enterró el cofre de vida que había elaborado y lo enterró al abrigo del árbol majestuoso que siempre le había dado cobijo en sus horas de asueto y reflexión: el viejo roble.
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