Destripando un relato.
Ya desde niño me gustaba diseccionar animales, empecé quitando alas y patas a moscas y arañas. Pronto pasé a ranas y ratones. Recuerdo el alivio de arrancar de cuajo las alas a un murciélago; fácil captura, ciego de día.
Aquella navajita roja que me había regalado mi padre era mi aliada. Me gustaba ver qué tenían dentro esos animalitos. En mi cuaderno dibujaba todo lo que en ellos veía. En aquella época no sabía ni cómo se llamaba cada parte.
Al principio lo que menos me gustaba era el olor, sobre todo cuando fui pasando a animales más grandes. Como la primera vez que abrí un conejo y no pude evitar el vómito, porque sin saberlo el conejo era coneja y tenía fetos dentro, aunque después de la cuchillada para abrir al animal en canal, ya no eren seres eran despojos, despellejados y desmembrados.
Empecé a poner más atención en mis dibujos para no volver a cometer una atrocidad semejante. Me estaba convirtiendo en un artista fino, diseccionando con delicadeza tras un corte impecable, exquisito.
Para saciar mi curiosidad fui poniendo atención en las partes extraídas, en ver las diferencias entre unos órganos y otros de entre animales de la misma especie, eso me fascinaba.
Una vez até un gato por cada pata a una estaca, en forma de equis, y aún vivo y con mano firme lo abrí en canal. Sus tripas se desparramaron sobre el campo mientras su corazón seguía latiendo. Se había orinado y defecado y un ojo saltó de su globo ocular cuando se tragó la lengua en un intento fallido de maullar. Quedé embrigado. Regueros de sangre corrieron por entre la hierba hundiéndose en la tierra ya húmeda salpicando entre las pequeñas plantas. Así que así era como funcionaba todo por dentro. Impresionante.
Tocar un corazón que aún late. Ver un riñón filtrando orina. Heces atrapadas entre el intestino. En aquel momento fui consciente de lo que me estaba sucediendo.
Si me dejaba llevar por mis instintos corría el peligro de convertirme en un asesino. Pero aquel olor que años atrás me resultaba repulsivo se me había vuelto imprescindible. Abrir un cráneo y descubrir la textura rosada y gelatinosa de los sesos calientes era tan atractivo para mí como lo puede ser para otros el partir un pastel de fresa recién elaborado.
Respiro la textura turgente, acaricio el calor de la masa, saboreo el rasgar de la piel, escucho el desprender del olor, observo el escalofrío vivo de su muerte.
Cómo renunciar a un manjar, cómo decir que no a la exquisitez de la vida.
salvaje, excitante me gusta el juego de crueldad inocente y curiosidad y su deriva macabra , muy bueno
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