Manejando al diablo.

El diablo sonrió para sus adentros, un alma suicidada era otra vida malgastada. Levantó la cabeza y mirando hacia el cielo sonrió - voy ganando - dijo entre dientes, y sin más artificio, sus hilos se aflojaron y por fin así pudo liberar su brazos. Si lo había conseguido una vez, bien podría volver a lograrlo una segunda, sólo tenía que esperar, fácil comparado con la desesperanza de los hombres, esos necios que creen que su vida la manejan ellos, como si tuvieran todo el tiempo del mundo por delante para tomar decisiones, como si pudieran construir las vías de su destino.

Bajó entonces la mirada hacia sus desnudos pies y doblando su cuerpo hacia adelante contempló cómo se deslizaba hacia el profundo orificio ardiente del abismo infinito el alma viscosa y absurda de su última víctima. 

Y comenzó a decir para sus adentros, como queriendo dar explicaciones a las almas suplicantes, -no existe el Bien sin el Mal y de eso Él y yo lo sabemos todo. En nuestra última partida quedé reducido a un títere, como si fuera una más de sus insignificantes y absurdas creaciones pensantes. Dios aprieta pero no ahoga, por eso siempre nos respetamos, nos dejamos un rescoldo por el que poder avivarnos de nuevo, pues a ninguno nos conviene que este juego se acabe.

Su última baza había sido únicamente su voz, un incauto la escuchó y cayó en la trampa. Ahora que volvía a mover los brazos sería un poco más fácil, quería ganar esta partida, y liberarse. Pero esta época de buenismo estaba echando a perder todos sus logros. - Tengo que pensar a lo grande - se dijo - como en las viejas partidas de antaño, como la de aquel alemán bajito que al final me vendió su alma a cambio de las de seis millones de humanos. Al final se lo puse tan fácil que no lo pudo resistir y se rindió. Maldito loco del bigotito. Aún puedo escuchar tus gritos, jamás olvidaré esa mirada desorbitada llevándote las manos a la cabeza, intentando huir como alma que lleva el diablo, jajajaja - y la carcajada sonó hueca e increíblemente aterradora.

- A mí sólo uno puede manejarme igual que yo a Él - pensó- pues tenemos un pacto. Para todos los demás, yo me dejo manipular si quiero, si me conviene, si con eso gano puntos en cada partida, todo depende de cómo me vaya en el juego.  Sin más. Y con estos pensamientos comenzó a sonreír acordándose de ese loco americano que pretende jugar a una partida que no le corresponde, y del ruso que ya tenía muchos puntos ganados a su favor. Ay pequeños seres absurdos - dijo en voz en grito ahogando otra carcajada de puro contento - ¡a veces me lo ponéis tan  fácil! Divertíos ahora que pronto me tocará a mí. Y volviendo de nuevo la vista hacia arriba dijo con el tono con el que habla quien ya se siente vencedor - Quid pro quo compañero, quid pro quo.

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