QUESO Y BESOS

 

QUESO Y BESOS

Cuando sonó la sirena del fin de jornada en la fábrica, Toño se dirigió a los vestuarios, se quitó el uniforme, se lavó las manos concienzudamente, se puso su ropa de calle y se dirigió a la salida con la gabardina y la gorra en la mano. Agradeció la caricia en su rostro del aire fresco después de respirar durante toda la jornada el ambiente metálico del embalaje de las piezas. Trabajo en cadena cansado y monótono que venía realizando desde hacía ya casi media década. Deseaba dejarlo, cambiar de empleo. Cada día cuando iba a comenzar su jornada se lo repetía, pero la realidad era que tampoco se aplicaba a buscar otro trabajo que le permitiera vivir con dignidad, cierto desahogo y a la vez le proporcionara algo de satisfacción.

Ya en la calle se puso a caminar dispuesto a dar un rodeo antes de dirigirse a su casa; el tiempo era agradable y necesitaba ese rato de caminar sin pensar o también de pensar caminando, según el momento.

Toño procedía del medio rural, de una pequeña aldea que había dejado atrás hacía ya algún tiempo buscando una prosperidad que allí no tenía. No se veía capaz de sobrevivir en una casa familiar en la que los afectos no faltaban, pero el trabajo y la escasez eran la tónica insistentemente constante. No le importaba trabajar, pero sentía que ese trabajo agotador no servía de nada. Jamás veía progreso alguno.

No estaba triste, sólo un poco melancólico. Eso le llevaba cada vez más a menudo a pensar en su familia, aquella que dejó atrás. La necesidad y las ansias de salir de la miseria en que vivían hizo que saliera en busca de un poco de fortuna y la añorara de forma constante. Aún quedaba en aquel terruño que tantas veces labrara, la pequeña y humilde casa familiar y en ella permanecían su madre, ya mayor, dos hermanos, una cuñada y dos pequeños sobrinos. Iba a verlos con la frecuencia que su tiempo y economía le permitían y de paso dejaba allí un poco de ayuda física y económica.

Cuando llegaba la despedida ocultaba su tristeza y partía con el alma encogida.

Ahora, caminando lentamente, sumergido en sus pensamientos, le sobrevienen algunos recuerdos: “mamá, ¿qué hay de comer?. Caldo, hijo, caldo”. Y para que distrajera el estómago hasta la hora de la taza del caldo con un poco de tocino y chorizo, su madre le acercaba un pedazo de pan y salía de nuevo a cuidar las dos o tres vacas que tenían y les proporcionaban la leche suficiente para sus sopas y hacer algunos quesos, la mayoría para vender. Cuando regresaba y dejaba las vacas recogidas en la cuadra, de nuevo: “mamá, ¿qué hay para cenar? Caldo, hijo, caldo”. Y de nuevo un trozo de pan hasta llegar a la taza de caldo. Sonríe al pensar en las mañanas. Éstas eran un poco distintas. Tocaba sopas de pan de maíz, pero afortunadamente solían ir acompañadas de una pequeña porción de queso, fresco o curado, según tocara. Cuando se sentaba a la mesa, su madre le alborotaba cariñosamente el pelo y le daba un beso en la mejilla. Él levantaba la vista, la miraba intensamente y le devolvía el beso agradecido.

Toño regresa en ese momento al presente. Sin darse cuenta se ha encontrado frente a una tienda especializada en quesos y vinos. Sin pensárselo ni un segundo entra y compra un queso grande, de un tipo semejante al de sus añoranzas. Sale de la tienda con un gran queso debidamente empaquetado, sonriente, satisfecho y entusiasmado.

Decidido, se dirige directamente a la estación a coger el autobús que lo llevará a la casa de sus orígenes, como en otras ocasiones, y donde pasará unos días en compañía de su familia.

Baja del autobús y recorre el último tramo caminando hasta la casa. No hace falta que llame a la puerta, por lo general está abierta y acostumbra siempre a haber alguien en el entorno. Así que entra y coloca el queso en el centro de la mesa, lo corta en porciones y espera tranquilo a que su madre y el resto de la familia vayan llegando.

¡Por fin! ¡Ya era hora! ¡Creí que no íbais a llegar nunca!

Abrazos, saludos, besos, palabras atropelladas y alguna que otra lágima de emoción. Cuando por fín llega la calma y el sosiego se sientan todos alrededor de la mesa.

Toño, henchido de honda y contenida emoción se dirige a ellos: “Bueno, aquí estoy y traigo además QUESO Y BESOS.

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