LA LLAVE

 

LA LLAVE


No parecía haber una causa concreta para ello, pero hacía ya un tiempo que el hombre andaba imbuído en la desgana y el desánimo. Andaba despistado y parecía llevar siempre una pesada carga en su caminar lento y pesaroso. El hombre, no demasiado alto, parecía menguar en su estatura debido a su arrastrado andar con la cabeza baja. De aspecto descuidado sin llegar al desaliño, tiene el pelo castaño y ligeramente largo y liso. Sus rasgos son suaves lo que confieren a su rostro un aspecto libre de dureza, y sus ojos de color miel miran sin brillo, parecen apagados.

Sobrevivía con lo justo gracias a un precario empleo y su mala administración, así que no se podía permitir un despido que lo dejaría prácticamente en la indigencia; de modo que para obligarse a salir de la cama cada mañana ponía varios despertadores en diferentes estancias de la vivienda. No lo hacía tanto para despertar, que sería suficiente con un único aparato, sino porque el sonoro e insistente timbre le resultaba tan molesto que aún resoplando y de mal humor, le obligaba a levantarse.

No conseguía saber la causa de su estado, pero lo cierto es que la situación era cada vez más difícil. Cuando por fin conseguía salir de casa para ir a trabajar había hecho ya un agotador esfuerzo. En el trabajo se esforzaba por cumplir y rendir correctamente, pero necesitaba emplearse a fondo para conseguirlo. Sólo cuando llegaba la hora de la salida al final de su jornada laboral parecía resurgir y salía corriendo como si alguna fuerza no visible le estuviera empujando. Todo resultaba tan extraño y agotador que ni siquiera se molestaba ya en analizarlo.

Al llegar a casa lo primero que hace, tiene que hacer, es mirar en el cajón de la cómoda donde, metida en una pequeña caja hay guardada una lleve… la coge, la mira, la acaricia… y se tranquiliza, pero con una tranquilidad efímera. Deposita de golpe la llave, casi con rabia, en el mismo lugar ya como si le quemara las manos y la tapa de la pequeña caja cae suavemente cerrándose y dejando el objeto oculto de nuevo a la vista. Se deja caer pesadamente en el sillón hay junto a la cómoda y concluye que todo cuanto le está pasando es por culpa de la llave, de esa llave. Debe devolverla al lugar donde la encontró cuanto antes, pero ¿Cómo hacerlo si cada día tiene más y más necesidad de llegar a casa para acariciarla aunque al instante siguiente no puede retenerla en la mano?

La había encontrado casualmente en un parque junto a un banco cuando sentó para anudarse el cordón de su zapato que se había desatado. No era una llave muy llamativa y además no le servía para nada, no era suya y por lo tanto nada suyo podría abrir; tampoco podía ya pertenecer a nadie ya que su aspecto herrumbroso indicaba claramente un estado de abandono de mucho, mucho tiempo. Aún así, en un movimiento automático se la echó al bolsillo sin saber por qué y se fue a su casa.

Allí la limpió, la metió en una cajita y la guardó en el cajón de la citada cómoda.

El pensamiento de lo que pudiera abrir esa llave -objeto o puerta- se fue volviendo absurdamente recurrente, como si ello tuviera gran importancia y así fue descuidándose y degenerando hasta encontrase derrumbado en el sillón.

Con la voz más alta que le permiten sus fuerzas y levantando un dedo acusador señala el cajón todavía abierto. Dice: “es por tu culpa, maldita seas , por tu culpa”. Y ya sin voz, sólo con el pensamiento como para que la lleve no le pueda oír: “voy a devolverte, cueste lo que cueste. Ya no me importe nada lo que pudieras o no abrir. Voy a devolverte a tu lugar”.

Entonces hizo acopio de fuerzas, fue a buscar un paño para envolver la caja evitando el contacto directo con la llave. Con mucho cuidado de no tocar ni siquiera la caja con las manos, la cubrió en su totalidad. A continuación cogió el envoltorio, lo metió en una bolsa y arrastrando pesarosamente los pies y con la mirada perdida se dirigió al banco donde no hacía mucho se ataba el zapato y cogió el objeto maldito: La Llave.

Cuando llegó, se sentó, y de nuevo con extremo cuidado de no tocar la llave, la depositó en el lugar donde la había encontrado. Ésta se acopló simplemente a la caída, como si tuviera un molde en el suelo al que perteneciera.

Esto que parece tan sencillo le resultó insufriblemente agotador pero por primera vez en mucho tiempo sintió sosiego y tranquilidad. Se recostó en el banco y durmió.

En esa posición lo encontró a la mañana siguiente el jardinero cuando fue a cumplir con su labor de mantenimiento. Estaba ya frío pero tenía una sonrisa dibujada y los ojos , esos ojos de color miel antes apagados ahora brillaban transparentes mirando al vacío.

¿Sería, pues, la llave quien le arrebató la vida?. ¿Sería el hombre solitario quien deseaba que la vida que lo abandonase? O, ¿sería la vida misma que quería abandonar al hombre solitario?

Ahora el cuerpo del hombre solitario descansa sin nombre en una fosa común y la llave permanece el parque junto al banco quién sabe si esperando un alma nueva.


Comentarios

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

El Desesperado. Gustave Courbet. Colección particular

Un Jim ligon

IMAGEN DE MUJER