LA DESSPEDIDA II                                                                                     14.04.2026

 

Despertó sobresaltado con la sensación de estar perdido y a merced de los elementos. Esa sensación incómoda permanecía pegada al cuerpo como un traje de neopreno, una sensación casi mareante. Abrió los ojos y poco a poco se fue acomodando a la luz opaca que difuminaba la escena. La sorpresa provocó un estado inquietud, estaba en una isla minúscula o eso parecía, pero no tenía fuerzas para estudiar cuál era su situación; para cuando recuperó la lucidez pudo comprobar que efectivamente estaba en una isla bien pequeña. Se incorporó y la recorrió de este a oeste, con el sol a la espalda. Contó los pasos, no llegaban a cien. De norte a sur, imaginó que serían la misma cantidad de pasos; hizo un cálculo rápido: unos setecientos metros cuadrados ¡qué angustia! Notó que le faltaba el aire, no sabía si por el cansancio de su cuerpo, por el agobio que le producía estar en una isla tan pequeña, o porque el aire era denso y asfixiante. Su cerebro reaccionó: Estoy perdido, soy un náufrago, un Robinson Crusoe perdido en una maldita isla de no sé dónde. Cuando se decidió e explorar su islita pudo comprobar que había alguna vegetación, no muy exhuberante; algunos árboles tropicales, arbustos y matorrales. En el centro de la islita había una gran roca plana, como una mesa y a su alrededor unas enormes piedras a modo de asientos, se acercó y fijo la vista en algo que destacaba en el centro de aquella enorme meseta, era una hoja de papel en blanco y sobre ella un lápiz toscamente labrado. Alargó el brazo cogió la hoja y comprobó que tenía un encabezamiento, leyó el título escrito con letras góticas: LA DESPEDIDA. Quedó extasiado durante un buen rato no reaccionó ¿qué era aquello? ¿Por qué estaba allí? ¿Dónde se encontraba en el tiempo anterior al momento actual? Tenía como una nebulosa mental que le impedía pensar. Le pareció que recuperaba recuerdos, imágenes de un barco, serpentinas, fuegos artificiales. Quizás un crucero, pero las imágenes no eran nítidas y los recuerdos no aparecían. Se sentó a la mesa, cogió el lápiz y escribió: Despedida de soltero. Se alejó, dio un largo paseo, o sea, rodeó la isla como tomando posesión de sus dominios. Comprobó que había cocoteros con frutos, algunos arbustos tenían bayas. Así es que regresó a la mesa un poco más satisfecho y un poco más lúcido; de hambre no moriría, almenos de momento. Se sentó cogió el lápiz y escribió algunos títulos que le sugerían algo: La despedida, estación Termini; La despedida de año; La despedida de Mariano; La despedida: el entierro

. Al escribir este último título soltó el lápiz con gran inquietud. No sabía el porqué de aquel título surgido al azar, sin pensarlo. Escuchó unos ruiditos, elevó la vista hacia el cielo y vio como una bandada de aves lo cruzaban alborotadas hacia el noreste. Era, según su entender una dirección rara, extraña, y recordó un dicho popular de que, si se ven ciertas aves volar en dirección contraria a la normal, es señal de mal fario. Escudriñó el cielo intentando saber de qué aves se trataba porque esta idea se aplicaba a las ánades, pero no lo consiguió.

Volvió al último título escrito como si lo estuviera esperando para desentrañarlo. Súbitamente ante sus ojos o su imaginación se plantó en su mente la imagen nítida de un ataúd bajo tierra con un ser vivo dentro. Tuvo miedo y no dejó que su cerebro construyera un argumento alredor de ese tema. Sin embargo, no lo pudo evitar, vio perfectamente un ataúd con una persona echada lo largo en su interior. Le pareció que era joven aunque la imagen no era nítida, rondando los cuarenta, como él. Hizo un repaso mental de los últimos días y no recordaba haber acudido al entierro de ningún familiar ni de ningún amigo, o personas conocidas ¡ qué raro que tuviera aquella visón! La desechó.

            La curiosidad a simplemente su cerebro permitió que esa idea empezase a crecer como un torbellino cada vez con más fuerza y terminase por convertirse en un tornado imparable que todo lo invade, todo lo arrastra. No lo pudo resistir y dirigió la vista hacia el ataúd; parecía un barco a la deriva en alta mar. Sintió frío, un frío que penetraba hasta el tuétano de los huesos; que dolía. Sin duda, en su interior había un cadáver, pues no se movía. Se acercó un poco más, y un poco más y comprobó que en realidad era una urna de cristal bajo varias capas de tierra y arena muy bien delimitadas que la cubrían, como dibujadas. Sorprendentemente, podía ver su interior por una de las caras. Fijó la vista, entrecerró los ojos para ver mejor. Un escalofrío recorrió todo su cuerpo y se le levantó un fuerte dolor de cabeza, como cuando le atacaba la migraña: el pelo, la cara, la nariz, la barba de tres días. Todo en él era parecido así mismo - ¡cómo!, si yo no tengo hermanos! Exclamó.

Estaba nervioso, no sabía qué hacer. La oscuridad lo envolvía todo. En su angustia quiso gritar, pero las palabras se negaron a salir de su boca, ni un triste gemido. Braceó, movió las piernas, pero el cuerpo entero se negó a obedecerle. En ese momento escuchó una voz muy cerca, pero que poco a poco se perdía como un eco en un pozo sin fondo, que le preguntó.

-        ¿Te gustó la despedida, cariño?

Quiso tranquilizarse, pero no era dueño de su situación, estaba agitado, nervioso, fuera de sí. Estiró el brazo hizo además de palpar el entorno, pero lo retiró inmediatamente. ¡El brazo se había sumergido en el agua! Quiso incorporarse, dobló las piernas por las rodillas y al descender, ¡chapotearon en agua!

            Una voz con un tono metálico, como proveniente del inframundo, resonó en su cerebro. Pálido escuchó:

-        ¿Te gustó tu despedida, cariño?

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