A por ellos que son pocos y cobardes

     

    Después de semanas dejándonos la piel literalmente entre las silvas, piedras y arbustos, habíamos alcanzado tal grado de precisión en el juego que nos creíamos ya sólo por eso, los mejores, aunque hasta el momento nunca habíamos ganado. La piel cubierta de manchurrones de tizón, ramas y hojas por el pelo y sobresaliendo de mangas y bolsillos, el barro nos cubría más allá de los calcetines. Todo ese camuflaje bien valía una buena bronca en casa. Siempre terminábamos la semana perdiendo, pero ese viernes era distinto. Ya teníamos todos los errores corregidos, y era nuestra última oportunidad, queríamos terminar el verano ganando.
    Nuestro bando lo dirigía Susana, el otro era el de Jaime. Luisa y yo estábamos en lo alto del árbol de la cabaña, nos encargábamos de indicar las señales de localización. Llegaba el momento clave. Yo tenía que bajar del árbol en absoluto silencio para liberar a los nuestros y así agruparnos para ir a por los otros. Estaban tan acostumbrados a ganar que se habían relajado y no se esperaban un ataque.
    Luisa dio la señal. Vi a nuestros dos pequeños grupos acechar al otro bando por la orilla del río. Sólo podía escuchar el fuerte latido de mi corazón palpitando en mis oídos. Me deslicé utilizando la cuerda que llevaba enrollada en la cintura, me quemaba las manos pero me daba igual. Toqué el suelo con la punta del pie y aparté suavemente las hojas y ramitas secas para no hacer ruido. Entré en el tronco hueco y esperé. Luisa tiró la piedra. Era la señal.. Era el momento. Corrí como nunca en mi vida y alcancé la cabaña de los otros, desaté los nudos y abrí la puerta. Aquellos ojos brillantes de complicidad estaban ya celebrando nuestro primer gran avance. Nos camuflamos dentro del falso arbusto y llegamos hasta el puente sin ser vistos. Nos apostamos a ambos lados y esperamos. En ese momento estábamos a punto de asaltar a los otros desde tres puntos distintos cuando Jaime alzó la vista y vio a Susana rebozada en el barro y gritó "¡a por ellos que son pocos y cobardes!" y cuando empezaron a correr ella tomó aliento y en el momento oportuno gritó aún mas fuerte que él "¡ahora!" y tiramos de la cuerda que oculta bajo el barro tan a punto que los hicimos nuestros.

    Pocos sí, pero tan valientes como sucios, ese día por fin, sí fuimos los mejores.


Inma.

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