Me salió una mancha (Luis)

 

2026.05.11

 

Me salió una mancha

 

Éramos doce, tantas chicas como chicos, pero ya no me acuerdo de sus nombres. Bueno, de María José sí, porque entonces ya me gustaba y después la seguí viendo muchos años. Tenía el pelo castaño y los ojos claros, tampoco he sido nunca muy bueno con los colores y no sé bien si eran verdes, grises o azules. Era algo más alta que yo, y muy vivaracha. También le tenia algo de envidia porque todo le salía bien y la señorita Teresa, la profe, siempre la ponía de ejemplo. La clase era fría, había una ventana que nunca cerraba bien, paredes y techo blancos, pupitres marrones y un encerado negro y grande que apenas alcanzábamos a escribir en él pese a la tarima que separaba a la señorita Teresa de todos nosotros, como si no fuera ya suficientemente mayor.

Cuatro años tenía yo cuando me presentaron en aquella escuela, y hoy no lo recuerdo, pero supongo que lloraría como todos porque no conocía a nadie y mamá se iba y me dejaba solo. También supongo que poco a poco me empezaría a gustar, a hablar con el de al lado, a jugar, a pintar palotes, a salir al recreo. De eso sí que me acuerdo, no sé si del recreo del primer año o de todos los demás recreos que me hacían desear ir al cole. Pero hay una cosa de la que no me podré olvidar, porque hasta entonces habíamos dibujado y habíamos hecho palotes con el pizarrín; yo siempre había querido el blando, porque marcaba bien, sin esfuerzo, y porque el duro hacía un ruido chirriante que no se aguantaba; después ya éramos mayores, ya usábamos papel y lápiz, aquellas libretitas con palabras que teníamos que repetir, pero aquel 14 de octubre vino la gran sorpresa, íbamos a escribir con tinta. Estaba nervioso, muy nervioso, ya nos habían avisado, “cuidado que mancha mucho, mojar solo la punta del plumín, escurrir en el tintero, y no apretéis mucho contra el papel”.

Durante casi la página entera estuve muy pendiente, nunca me había salido la letra tan bien hecha, toda entre sus líneas, hoy sí que sería mi gran día, hoy demostraría que ya era un mayor, hasta que llegó ella, María José. ¡Cómo no iba a mirar para ella si al pasar miró para mí y me sonrió! La cara me empezó a arder, la mano a temblar, pero si ya iba a acabar, ¿por qué tenia que ser en aquel momento?; hundí el plumín en el tintero hasta el fondo, y cuando lo acerqué a la libreta la mancha fue horrorosa, un enorme borrón de tinta llenaba media hoja. ¡Cómo iba a olvidarlo! ¡Cómo no iba a llorar!

Desde entonces se me secaron las lágrimas

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