Un relato caprichoso
Con fresas y tacones.
Le apetecía comerse aquellas grandes y rojas fresas pero se dijo, no.
Dicen que de niños soñamos con aquello que por el día no podemos hacer. Sueños caprichosos.
Le gustaban aquellos zapatos, brillantes, con hebilla, con tacón, parecían tan cómodos y eran tan bonitos. Había sentido algo hipnótico al verlos en el escaparate.
Llevaba en la mochila un montón de dinero, todo lo que había juntado aquel año en propinas, era para ingresar en cuenta.
Al verse mirando la pantalla de horarios en la estación pensó en cuánto tiempo llevaba soñando con un momento especial, algo para ella sola, sin ser hija, ni hermana, ni pareja, ni amiga. Ella.
Sabía que no estaba bien tener pensamientos así, que debería de hacer lo que todos esperaban que hiciera, subir al autobús que lleva a la estación de tren y de ahí tomar el larga distancia para llegar a tiempo al entierro.
Cuando llegó a la estación de tren en busca de su destino más próximo no pudo apartar la mirada al tropezar con la palabra "aeropuerto". Sentía la tentación invadiendo su cuerpo por completo.
Cuando quiso estudiar su pasión sus padres dijeron no, cuando quiso abrir su negocio sus hermanos dijeron no, cuando quiso celebrar una idea sus amigos dijeron no, cuando quiso avanzar su pareja dijo no.
Así que se dejó invadir.
Abrió la maleta, se quitó los preciosos zapatos que la habían llevado hasta allí y los cambió por unos deportivos rojos, se soltó el cabello y pintó los labios de carmín, los metió en la mochila junto con lo imprescindible y se deshizo de todo lo demás. Ahora sí, ahora sí que sí. Y voló.
Al llegar a la Isla de Capri, sonriente y radiante como nunca, desde lo alto del acantilado lanzó con fuerza los preciosos zapatos al mar.
Qué mejor que darse un capricho de vez en cuando para rendir homenaje a un ser querido. Y se comió el jugoso puñadito de fresas.
Inma.
¿Capricho, viene de Capri? ¿Y si nos vamos todos a Capri a escribir caprichos?
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