EL ABANDONO por Severo Mateos López

 

EL ABANDONO                                                     09.06.2026

                                                                                         Por: Severo Mateos López

 

Elegante. Todo cuanto lo rodeaba tenía un aire deportivo. Siempre vestía de sport polos Ralp Lauren, jerseis de colores vivos Polo, pantalones con raya de Burberry, náuticos y cinturón sport a juego. Siempre con su media melena algo ondulada, peinada hacia atrás y tez morena de cubierta de barco velero. Todo en él estaba milimétricamente cuidado, sus ademanes de persona chick que se desenvuelve perfectamente por los ambientes de la jet sin caer en lo cursi ni en lo zafio, por supuesto. Sus manos perfectamente pulcras denotaban un cariño especial por el cuidado corporal. Siempre envuelto en una nube de suave pero llamativa fragancia que no pasaba desapercibida, incluso se diría que era embriagadoramente excitante.

               Aficionado, eh.. no, forofo. No, no, apasionado de los coches y de la buena vida. Una buena vida vivida con exquisitez, nada vulgar ni ostentosa. Era ese tipo de persona que no necesita demostrar quien es ni lo que tiene. Era elegante en todos los sentidos.

               Presumía de poseer tres, y solo tres coches aparcados delante de su casa: un Lamborghini, un Maserati y un Bentley que realzaban la belleza del diseño del jardín delantero del chalet. Chalet de dos plantas y una buhardilla que lujosamente decorada quedaba apartada de todas las miradas de sus invitados. La zona noble del chalet eran el salón, su dormitorio y las dos habitaciones de invitados. No se prodigaba en fiestas y celebraciones, pero cuando se anunciaba una, todo el mundo ansiaba ser invitado. Los jardines versallescos impresionaban a los más descreídos. La última fiesta que se recuerda estuvo en boca de toda la jet set durante semanas. Pero, poco a poco, el eco de la fiesta se fue apagando. Nadie lo recuerda con exactitud, pero después de la misma dejó paulatinamente de asistir a las fiestas a las que era invitado. Su círculo más próximo, un grupo muy reducido, relatarían años más tarde como Walter fue reduciendo sus apariciones en público, aparentemente sin motivo, al tiempo que reducía su espacio vital refugiándose en el jardín. Preguntaron por un posible desengaño amoroso, pero nadie le conocía ninguna relación seria y él lo negó rotundamente; por un posible fracaso económico o a caída en bancarrota; sus cuentas seguían boyantes como siempre. Su salud era perfecta, siempre se había cuidado con esmero y dedicación. Sea lo que fuere, sus amigos más cercanos se fueron alejando, los menos íntimos ni se habían preocupado ocupados en dar y asistir a fiestas.

Nora y Gus fueron los únicos que lo visitaban con regularidad y asistieron a su declive, imperceptible, casi inverosímil al principio. El jardín versallesco fue al que primero afectó la decadencia y el abandono. La naturaleza en forma de maleza tomó posesión de sus dominios. El chalet poco a poco fue perdiendo brillantez, las paredes se volvieron opacas, los cristales adquirieron un color amarronado y las persianas perdieron su equilibrio y horizontalidad. Líquenes y hierbajos fueron trepando lenta, pero inexorablemente escaleras arriba y por la fachada, luego las zarzas y otras plantas buscaron acomodo en los más diversos lugares. Los coches permanecían inamovibles en lo que una vez fue un jardín de diseño francés. Ahora eran un diseño vegetal perfectamente adaptado a los modelos que Walter había cuidado con cariño y recorrido el país y parte del extranjero a bordo de los mismos.

Walter, desde aquella última fiesta, acostumbraba a recibir a sus escasas visitas en el jardín delantero sentado en un enorme tronco de un árbol que en su día decoraba el jardín. Allí conversaba con un profundo desinterés y apatía poco disimulada. Nora y Gus lo ponían al día de las últimas novedades y algún que otro cotilleo. Comprobaron como el abandono hacía mella en su físico y en su aspecto formal. El pelo fue ganando espacio cubriéndole la cara y los hombros al tiempo que perdía brillo y dureza, se volvió lacio, sin energía; la piel se fue volviendo flácida, sebosa y falta de luz y carente de tersura. El cuerpo se le fue encorvando y la mirada perdida en la distancia sin un objetivo concreto al que mirar, ni siquiera miraba a sus amigos en los cada vez más menguados días de visita. Los pantalones Calvin Klein deslucidos, con la raya, el color deslucido; el cinturón había desaparecido y el polo Ralph Lauren solo conservaban el color bajo las axilas.

Su aspecto no era lamentable, ni desastroso. En la distancia se le veía sentado y encorvado sobre si mismo. Su presencia era conmovedora, tiernamente triste como si la dulzura de sus años jóvenes se esfumase lentamente y la soledad se hubiese refugiado en sus venas invadiendo el cuerpo y, la tristeza finalmente hubiese sido tan pesada que unida a la apatía y el desengaño dejaron paso a un decadente aire de abandono que lo dejaron sin ánimo para vivir una vida de escaparate. Es lo que derrumbó el corazón de Nora y Gus cuando lo vieron por última vez. Exánime.

Cuando llegó La ambulancia, el graduado Parker diagnosticó: Víctima del abandono, la apatía y la soledad. Y el lujo. El Dr. Parker torció el gesto, chasqueó la lengua... no dijo nada.

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